Ascuas
Cuando el fuerte aroma de ese viejo whisky de 30 años golpeó su nariz se dio cuenta de que todo aquello que pensó no le valió para nada, que todo lo que hizo fue aquello que le cambió la vida realmente, el pensar no le llevó a ninguna parte, solo estropeó su rumbo, aquel que le marcaría como un hierro candente a un animal de granja.
No era un lugar llamativo, él únicamente estaba sentado frente a la foto en un viejo sofá de cuadros(que solo la madre de un becerro podría tachar de bonito)a la luz de una lámpara con la bombilla medio fundida, un suelo chirriante por la vieja madera, tenue luz proveniente de la calle ya que esas cortinas estaban echadas. Aunque la foto fuese tomada hace poco, el tiempo la había maltratado como si estuviese en la intemperie.
Suspiró fuertemente, metió el último trago y con un fuerte movimiento estampó el vaso contra la pared haciendo que los hielos rebotaran y uno de los dos que había se quedaran a un pulgar de la bota de él, ya más tranquilamente cogió el mechero del bolsillo de su abrigo y empezó a quemar la foto reposándola mientras ardía en el viejo sofá, él permaneció sentado en todo momento. A pesar de que el fuego se extendía por todos lados, incluso por él, siguió mirando a una estrella que destacaba por el hueco de la ventana, la más brillante.
Solo dijo tres palabras en la estancia en esa vieja casa “Que vida esta”.
Su mirada permaneció intacta, las lágrimas aparecieron, el fuego le consumió. Para él no hubo fin trágico, nadie le estuvo esperando ni lo haría, él era alguien dejado de la mano de Dios.